martes, 13 de abril de 2010

Tribulación de una noche


De la serie: Hoy por fin volaremos; de vampiros y otros cuentos.

Autor: Lobo Estepario.


Entrono mis deseos inhumanos, mientras esta furia cegadora desdobla mi instinto, tomo con mis ásperas manos aquella vasija de barro, bebo lentamente la sangre de aquella inocente que sucumbió ante mi demoniaca voluntad de muerte. Un dolor intenso en mis entrañas muertas desde hace siglos me dobla, necesito más; cada noche el dolor aumenta, por lo tanto debo incrementar la dosis, esa dosis que es fuente de energía igual que una droga me extasía y al final me hace desear más y más, cada vez más… hasta que ya no me puedo controlar, el demonio que habita en mí, me condena a vivir un infierno inquietante y sin salida.



Por fin me decido y salgo de aquel lúgubre lugar que me sirve de guarida durante el día, camino lentamente calle abajo, observando a los transeúntes, acechando con el instinto maligno que gobiernan mis impulsos, semblenteando el terreno igual que lo hace un vendedor barato de puerta en puerta. De pronto, la víctima ideal aparece ante mí, una joven mujer de tez blanca, de buena figura, venas saltadas por el trote del ejercicio, cuello más que perfecto, su sangre, ¡ah!, qué aroma imperceptible para los mortales, su facie demuestra una coloración exacta producto de una buena irrigación sanguínea.



Comienzo a seguirla lentamente y a distancia, esperando que se presente la oportunidad de extasiarme con ella. La situación no podría haberme favorecido más, encamina su trote hacia un parque perdido entre las casas del suburbio, conforme avanza los últimos humanos se van desapareciendo; vaya, es temeraria o detesta al igual que yo la compañía de extraños. Este es el momento, atraviesa por el desolado centro del parque, mantengo mi distancia, pero sin perderla de vista.



Aunque hoy estoy cazando solo, no me preocupo; sinceramente, esta noche no me interesa compartir mi alimento con nadie más y menos con esos psicópatas desadaptados, fanáticos de los rituales de sacrificio humano. Sí, a veces me reúno con ellos porque esa es la única manera de no caer en sus manos, formo parte de su secta satánica seudosecreta, pues es otra forma de cazar sin levantar sospechas y sin ningún temor de verme preso por estos seres ilógico, sanguinarios trastornados mentales. Y a mí las historias me pintan como un demonio, fácilmente sería el arcángel Gabriel al lado de ellos.



¡Qué diablos!, ¿adónde fue?, estaba tan metido en mis pensamientos que la perdí de vista, tal vez se ocultó entre los matorrales, me descubrió y temiendo un ataque sexual decidió ponerse fuera de mi alcance. Si supiera que hace decenios que no tengo relaciones sexuales ni deseos. Tendré que desplegarme hacia las alturas para observar más detenidamente la posición que guarda.



Justo cuando me disponía a emprender el vuelo, un sonido casi imperceptible sobre mi cabeza se hace escuchar y cae sobre mí una red que imposibilita mis movimientos y proyecta al piso, alguien con una violencia inaudita descarga con furia un golpe certero en mi nuca dejándome de bruces y sin sentido, completamente fuera de mí.



No sé cuanto tiempo pudo haber transcurrido, a lo lejos el sonido de unos tambores aborígenes me hacen recordar mis años de cacería por el Africa, mis compañeros de viaje soñando con tener un ejemplar perfecto, un tigre, un león y yo, planeando como habría de matarlos uno a uno, para después aniquilar a los habitantes natales de esas aldeas alejadas de cualquier ayuda. Los negros tienen en su sangre un algo que brinda mayor vitalidad y euforia incontrolable por desbordar todos los deseos carnales e inhumanos dignos de un demonio como yo; tal vez sea el terreno caliente, pero cómo disfrute aquellos tiempos.



El sonido de los tambores y unos alaridos desgarradores de tortura comienzan a volverme en mí, un tanto atontado me descubro con horror suspendido como ganado viendo hacia abajo, no tengo perspectiva clara del lugar; de mis tobillos ensangrentados asoman dos garfios, con los cuales fui colgado de aquella viga que atraviesa el recinto. Estoy bañado en sangre y sudor, mis brazos adormecidos, ese calambre atosigante me hace sentir aún con existencia, mi vista borrosa alcanza a distinguir a los entes que están colgados a mi lado, una serie de varones de toda clase o condición social, algunos agonizantes otros bramando por el dolor extremo de encontrarse suspendidos por garfios igual que en un rastro.



Al fondo de esa especie de bodega se desarrolla un ritual sudamericano, extraño, que yo jamás había presenciado. Con mi corta visión aturdida alcanzo a distinguir a esa chica que pudo haber sido mi presa, bailar sensualmente al lado de una especie de sacerdotisa, intuyo que estoy siendo preparado para ser sacrificado, por un momento me invade la tranquilidad al imaginar que es esa secta a la que pertenezco, ellos al darse cuenta de mi presencia me bajarán, fingiré que me retiro a curar mis heridas, pero en realidad solo lo haré para tomar fuerzas y regresar a la noche siguiente a exterminarlos como alimañas.



Conforme pasan los minutos comienzo a darme cuenta que no son ellos, en este grupo no hay ningún varón, es un culto de amazonas modernas. La inquietud me trastoca y veo próximo mi fin. Inclusive en mi situación no lo puedo negar, todas ellas son sumamente hermosas, pero aun así, es una muerte poco deseable, no planeada al menos por mí.



Tarde lo comprendo, ella era sólo un señuelo, quién habría de sospechar que detrás de la belleza y la fragilidad se ocultaba una diosa ejecutora de la muerte. A mi alrededor una serie de cuerpos trémulos van siendo degollados y la sangre que les surge a borbotones se proyecta contra unos cazos depositados debajo de sus cuerpos. Seleccionan como catadoras de carne a los infelices y aún agonizantes los llevan hasta una mesa que está el centro de la habitación. Se acercan a ellos un grupo de las amazonas y comienzan a cercenar y machetear hasta reducirlos en pequeños trozos y los vierten en un caldero puesto al fuego, mientras otras continúan degollando a sus víctimas.



La sangre es vertida de los cazos a unas copas, las cocineras ponen especias y hierbas raras a los cuerpos mutilados que son cocinados a fuego lento. Vaya para lo que servimos los hombres ante estas amazonas, sólo de alimento; al menos les satisfacemos en algo, las saciamos no de sexo y pasión, sino simplemente el maldito apetito.



La noche continúa y los bailes cada vez se tornan más eróticos que atraen la mirada de los moribundos, como si eso fuera un acto penitencial y piadoso para los condenados a servirles de alimento, tal vez sea parte del ritual o para no partir de esta vida con un recuerdo amargo. Esos bailes tan excitantes sirven de distracción para permitir que se acerquen las ejecutoras y prosigan con sus labores de degollarnos. De pronto dos de ellas con puñal en mano se aproximan a los cuerpos rechazados por su control de calidad y lo clavan en el tórax de los infortunados, con ese golpe certero provocan una herida mayor, por la cual introducen su mano derecha y extraen con saña el corazón de esos pobres infelices.



Pese a tanta sangre, estoy tan estupefacto ante aquellas escenas que mi instinto no florece. Lentamente con paso firme y seductor se aproxima a mí la doncella del parque, al estar parada frente a mí me muestra un puñal mientras sonríe; entonces siento una furia interna incontrolable que se desborda por mis venas, mis ojos se tornan rojos y ante la mirada atónita de la chica con un movimiento rápido como de centella, atrapo con mis manos transformadas en garras su cuello y sin darle tiempo a nada clavo mis prominentes colmillos en la yugular de mi víctima. Las demás, versiones baratas de amazonas, quedan estupefactas; sin soltarla y mediante otro veloz movimiento me desprendo de esos garfios que me aprisionaban.



Bebo lentamente su sangre mientras voy descendiendo, flotando. El cuerpo perfecto y la hermosura de su rostro se marchitan conforme se va quedando sin gota alguna del vital líquido. Mi rostro deformado por la ira y esa metamorfosis producto del instinto de ser un nosferatu, un alma de las sombras. Con movimientos calculadores ahora yo las acecho, estudio el terreno reconociendo a mi presa, como el depredador que soy domina la situación y selecciona a sus víctimas.



Dos amazonas salen de su consternación y arremeten contra mí con unas lanzas, las cuales esquivo sin ninguna dificultad y de un zarpazo destrozo el cuello de mis oponentes, las que salen proyectadas contra el muro como cualquier piltrafa.



Con pasos lentos me aproximo hasta una de ellas y la despojo de su sangre y de su ropa deportiva para cubrir mi cuerpo pálido y desnudo, imagino que ésta también fue un señuelo para cazar a un infortunado. La furia me invade una vez más, comienzo a lanzar un ataque sorpresivo contra ellas, ahora los gemidos y lamentos son emitidos por las victimarias; nunca antes había disfrutado de una masacre como la de hoy ni siquiera las que protagonizaba en las aldeas del Africa. Aquellas eran por hambre, después por gula, pero ésta, es por placer.



No me detengo a alimentarme, sólo me limito a masacrarlas para demostrarles quién es realmente el ser supremo en ese recinto. Minutos más tarde todo se vuelve silencio, ha llegado a buen término mi venganza.



Fatigado por el esfuerzo y la pérdida de sangre, me dirijo hacia la salida, observo que es una zona urbana, a lo lejos un pequeño pueblo, comienzo a encaminar mis pasos hacia aquel sitio. Mi apetito incontrolable me obliga a buscar una nueva víctima, así que apuro mi caminar hasta el poblado. Al llegar a la plaza comienzo a buscar un cuerpo, a mi lado pasa saludando una joven, con ademanes ceremoniosos, respondo su saludo, pero el hambre me atosiga; la sigo a distancia, pero esta vez desde el aire para evitar caer en cualquier trampa.



La observo, acecho esperando el momento adecuado para atacarla y saciar mi sed y hambre de muerte. No sé, tal vez me quede unos días en este pueblo hasta exterminar con todos, al igual que con las aldeas del Africa, pero en esta ocasión a los blancos les tocará sufrir.



Bendita noche trémula que brindas alimento a tus fieles discípulos.